domingo, 10 de marzo de 2019

Mula (2018, Clint Eastwood)


Nadie duda ya de la huella que Eastwood ha dejado en la Historia del Cine. Este actor, director, productor, compositor y músico tiene una de las carreras cinematográficas más fértiles que se conocen. El 31 de mayo cumplirá 89 años y su primer trabajo conocido fue a las órdenes de Sergio Leone en 1964 en la película Por un puñado de dólares.

He visto Mula en una enorme sala cuyo espacio hacía honor a la trayectoria y prestigio de Clint pero que, en mi opinión, se ha quedado grande para lo que Mula transmite.

La historia está inspirada en un artículo aparecido en un periódico sobre un nonagenario que hacía de mula para un cártel. El argumento promete, pero la película flojea por todas partes. No convence con su relato o, al menos, cómo está contado.

A un anciano divorciado que nunca se ha ocupado de su familia en lo afectivo y que ésta, en consecuencia, le ha dado la espalda, le embargan la vivienda al quebrar su negocio. Así las cosas, alguien le ofrece un trabajo fácil: sólo tiene que conducir transportando alguna maleta y a cambio recibe dinero, mucho dinero.

La película no me ha gustado. Hay lagunas en la narración, y no me parece que maneje bien los tiempos; por ejemplo no sabemos dónde vive Earl (Clint) desde que pierde su casa hasta que la recupera gracias al dinero ganado en los portes de la droga. Al protagonista lo vemos la mayoría del metraje en su camioneta, no sabemos mucho más. A todos los personajes se les presenta planos, sin ahondar en su interior. Las escenas de Bradley Cooper y Laurence Fishburne parecen más bien un ensayo de escuela de arte dramático donde recitan unos diálogos como un trámite más. Nada de emoción, intriga, sentimientos, nada que llame la atención. Ni siquiera Dianne Wiest, que es una gran actriz, me motiva en esta película. El 90% de la calidad y/o éxito de una película lo ofrece un (buen) guion. Pero no, tampoco hay guion aquí, tan sólo diálogos simplones y personajes que podrían haber dado un poco más de sí, Andy García como capo, Bradley Cooper como agente de la DEA, y otros, pero sin alma, no arrancan como personajes que susciten interés.

Mencionar también lo estrafalario -por irreal- de algunas secuencias, por ejemplo que Eastwood se reserva para él los dos encuentros sexuales de la película -no explícitos, figurados-  ¡con dos mujeres a la vez y menores de treinta años!, lo cual no ha dejado de parecerme irrisorio y, si digo más, patético, puesto que ni siquiera eran escenas pretendidamente cómicas. La sensación ha sido de lástima, de que no ha sabido estar en su sitio, he tenido la impresión de que el actor/director no ha asumido ciertas realidades personales. Da apuro verlo andar, tembloroso, vacilante, parece que se vaya a caer de un momento a otro, y un rostro acechado continuamente por una mueca de cansancio extremo. Woody Allen dejó de aparecer en sus propias películas a tiempo delegando en otros actores la interpretación de su alter ego, y Clint tenía que haber seguido su ejemplo. Pienso que Gran Torino debió ser su última película como protagonista y retirarse de la actuación dignamente.

Otra cuestión que no me ha resultado creíble ha sido la relación entre los miembros de la familia, ya que al principio no le pueden ni ver porque ha sido un padre/esposo deplorable, y de repente la hija (por cierto su hija de verdad, Alison Eastwood) se vuelve super comprensiva. En fin, ya he dicho que los personajes no están nada bien trabajados, por lo que te descoloca.

En definitiva, he asistido a la decrepitud de un anciano que anda y se mueve como lo que es, un hombre de 90 años que ha perdido la perspectiva de dónde debería estar y dónde no. Y no hablo de retiro, las personas como él sólo se retiran cuando mueren y me parece envidiable esa energía y vitalidad para seguir creando, pero sí que hay que enfrentarse a la vida real, y la vida real a los noventa poco o nada se parece a las fiestas que se montaría Harry Callahan. Y no pasa nada. Todo tiene su tiempo y su momento, por eso esta película, para mí, sobraba en una trayectoria tan fructífera.

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domingo, 24 de febrero de 2019

Cafarnaúm (2018, Nadine Labaki)



La película comienza con un plano cenital de un extenso barrio cuyos tejados forman un mosaico de color uniforme que, a una distancia prudencial, no hiere sentimientos. Pero la directora nos invita a bajar a esos callejones repletos de basura y niños corriendo, improvisando armas con botellas de plástico y palos, fumando, vagabundeando, hasta que nos meten en el hogar del protagonista: Zain. Aunque llamar hogar a la inmundicia de vida que rodea al protagonista es un eufemismo.

Tras leer algunos artículos en los que una parte de la crítica denomina esta cinta de pornografía de la miseria, debo declararme contraria a esa opinión, porque ¿qué significa eso? ¿una exhibición impúdica, descarnada, excesiva, de la pobreza? Para eso no hace falta ir al cine, paseen por los peores barrios de una ciudad cualquiera……si se atreven a entrar en ellos, claro.

La película en ese sentido es realista, no tanto quizá como Ciudad de Dios –por poner un ejemplo-, porque a diferencia de esta última a Cafarnaúm la envuelve un halo fílmico de extraña y contradictoria belleza poética gracias a la fotografía de Christopher Aoun, en aquellas escenas donde la luz tamizada cubre como un velo protector a sus protagonistas.

Pero ¿de qué va esta película? De la pobreza infantil, principalmente. Ese sería el eje principal de una historia alrededor de la cual giran otras bajo el mismo tema: la miseria. Económica, cultural, intelectual y humana.

La película arranca con Zain en un juicio: demanda a sus padres por darle la vida. (El niño-actor Zain Al Rafeea merece una ovación él solo por su interpretación).

Así, vemos desfilar en esta fábula hiperrealista (amable en toda su dureza, si tenemos en cuenta que la realidad supera en mucho la narrativa cinematográfica), a unos padres irresponsables y maltratadores que convierten la desesperación de sus vidas en excusas para lo que hacen, a un tendero adulto -Assad- que prefiere como esposa a una niña -Sahar, hermana de Zain- en lugar de una mujer, a unos niños que en ningún momento tienen vidas de niños,  a un comerciante que se lucra con la desesperación ajena, a una madre etíope sin papeles, a los ancianos de un parque de atracciones cuya decadencia sugiere una vida marginal.

Y ligando esta macedonia de personajes tenemos como aderezo: el descontrol de la natalidad, una sociedad desorganizada en la que personas sin documentación desde que nacen son invisibles de existencia y Derechos, el tráfico de personas, el trabajo infantil, la no escolarización, la inmigración ilegal con todas las prácticas ilícitas que conlleva, la pedofilia, la falta de afecto y respeto en el propio hogar, la mugre como barniz de todo lo que vemos en dos horas y diez minutos; en definitiva, esa cárcel con mil candados que es la falta de oportunidades en la infancia.

Y Nadine Labaki lo cuenta bien, y lo filma mejor. Ensambla todas las piezas de manera muy aceptable, con planos de corta duración, en constante movimiento, con la cámara pegada a los personajes, a medio camino entre el cine y el documental. La banda sonora compuesta por Khaled Mouzanar, efectiva, enfatiza lo que ya cuenta las imágenes, alimenta esa empatía con una película nada fácil, formando parte del guión. En mi opinión, la música compuesta es deliciosa, bella y triste al mismo tiempo.

Un detalle que aprecié fue que directora y guionistas dieron a los padres de Zain, en una escena del juicio, la oportunidad de defenderse, con sus argumentos –los compartamos o no-, pero les dan voz, algo que valoré acertado y justo aunque denostemos a esos padres. Y es que, la educación recibida y el peso de la cultura está ahí, para todos, para los personajes y para nosotros mismos.

Podría hablar de escenas, diálogos, pero no quiero desvelar nada.

Vayan a verla.
Es de esas películas que se quedan a vivir un tiempo contigo.

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